miércoles, 11 de abril de 2012

UN FORJADOR DE CAMINOS


La desaparición física del cardenal Luis Aponte Martínez, arzobispo emérito de San Juan, toma el significado de la transfiguración a lo eterno de un forjador por excelencia de nuevos caminos; significa la redimensión de la figura fundacional más importante del episcopado católico puertorriqueño.

Las lágrimas que por el dolor de su partida son derramadas en Puerto Rico desde ayer, cuando cumpliría 62 años de su ordenación sacerdotal, significan solamente un himno de alegría y un desborde del agradecimiento que siente un pueblo por el profundo mensaje de unidad que siempre emanó del cardenal. De agradecimiento por haberlo tenido.

Tras la ordenación como obispo del primer puertorriqueño, que fue don Juan Alejo de Arizmendi (1803-1814), el País tuvo que esperar hasta 1960 para contar con otro boricua en la persona del sacerdote lajeño Aponte Martínez. Con su nombramiento como obispo auxiliar de Ponce, comenzó en propiedad una jerarquía católica nativa en la Isla que potenció la fe y forjó grandes columnas de la identidad puertorriqueña. En el año 1964 se le designó arzobispo de San Juan en lugar de monseñor Jaime Pedro Davis. Con ello se constituía también en el primer arzobispo puertorriqueño.

Pero, como marcado por el designio de abrir caminos en la historia eclesiástica del catolicismo puertorriqueño, el 5 de marzo de 1973 fue investido cardenal por el papa Pablo VI en Roma, lo que le permitió tener voz y voto en dos cónclaves, en los cuales resultaron electos los pontífices Juan Pablo I y Juan Pablo II. Con la humildad de bandera, asumió la responsabilidad de ser el primer y único puertorriqueño hasta la fecha en alcanzar la más alta distinción jerárquica.

Y de nuevo, las alas vigorosas de la identidad marcando ruta en los vuelos de fe del sacerdote. Por eso, cuando mediante el decreto “Christus Dominus” el Concilio Vaticano II creó las llamadas Conferencias Episcopales, Puerto Rico, bajo la influencia directa de Aponte, en lugar de pasar a formar parte del episcopado estadounidense, se unió al episcopado latinoamericano (CELAM), organismo del que el prelado lajeño llegó a presidir su Comité Económico de modo encomiable.

Esa dimensión internacional la construyó desde abajo, desde que fue ordenado el 10 de abril de 1950, trabajando como sacerdote en Patillas, Maricao, Santa Isabel y Aibonito; como secretario del obispo de Ponce, Jaime MacManus, y como capellán militar. Todo esto antes de formar parte del episcopado.

Trascendental fue la oportunidad que tuvo el cardenal de asistir a las dos primeras sesiones del Concilio Vaticano II convocado por el papa Juan XXIII. Y logró la visita en 1984 de Juan Pablo II, primer y único pontífice en pisar suelo boricua.

Asumió un lema al que hizo referencia constante para explicar un derrotero que siempre consideró superior a sus discretas capacidades: “In virtute Dei”, es decir, no en virtud de sus propios méritos, sino asistido por la fuerza de Dios.

Aponte Martínez fue siempre un atentísimo escucha de la realidad, un gran conversador y portador de una memoria prodigiosa. Todo el mundo le reconocía la gracia, la agilidad, la habilidad y la astucia práctica de muchos de nuestros campesinos, por lo que se le llamó justa y cariñosamente el Cardenal Jíbaro.

Definitivamente se destacó en aquellas cualidades por las que fue considerado desde el inicio: habilidades incuestionables como administrador, gran celo apostólico, diplomacia en las relaciones con el gobierno civil y amor entrañable a su identidad puertorriqueña.

Descanse en paz, el cardenal.

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