lunes, 14 de septiembre de 2009

Vive en caseta de acampar

lunes, 14 de septiembre de 2009
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora

Jayuya. Xiomara Quiles Oyola ha tenido que aprender a sonreír en medio de la adversidad. No pierde la oportunidad para convertir en un chiste la desgracia que está viviendo.
“Al mal tiempo, buena cara”, dice el refrán. Ése es el rostro de Xiomara.

¿Su mal tiempo? Está desempleada desde hace poco más de un año. Tampoco tiene una vivienda propia. Le ha costado aceptar que es una persona sin hogar.
Eres deambulante...
Sí... No lo he querido a veces aceptar, pero soy una deambulante...
¿Su buena cara? La máscara que se coloca para luchar contra la depresión, por eso no deja de maquillarse; así como la que usa cada vez que se encuentra con sus pequeñas de cuatro, nueve y diez años de edad.

Ese espíritu de luchadora la llevó a pensar en la caseta azul y gris de acampar que consiguió prestada como techo temporero en lo que sigue esperando por ser ubicada en un residencial público. Ha esperado unos cuatro años. “¡Gracias a Dios que no me cobran alquiler (por la caseta)!”, dice entre risas la joven de 29 años de edad.
Está allí desde hace poco más de dos meses. El río es su compañía fiel.
La caseta de campaña

Xiomara ya había visitado por diversión ese cuerpo de agua que queda cerca del parque de recreo del barrio Saliente en Jayuya, donde vive su abuela, su único pariente conocido y de confianza en la Isla.
Con ella vivió cuando llegó a la Isla en el 2004 y después de que no pudo seguir pagando la renta de la casa que ocupó por casi dos años mientras esperaba la ayuda de la Administración de Vivienda Pública (AVP) y de Plan 8.

“Como es en el mismo barrio que están mis hijas (con la abuela), dije: 'Me quedo aquí para poder ver a mis hijas”, comenta la madre soltera, que no regresa con su pariente por una fuerte discusión.
“Yo creo que escogí un buen sitio porque ahí está el río, están los baños y las duchas (del parque)”, añade mientras ríe.

Esas sonrisas, reveló, esconden la vergüenza que siente por la situación que atraviesa, la depresión que combate con ejercicios, la escritura y el esparcimiento, las noches que se ha acostado con hambre -aunque el apetito se le ha quitado, tiene el estómago chiquito, dice-, los nervios y, sobre todo, la incertidumbre de no saber qué pasará con su hogar.
Ya tuvo una mala experiencia. Un vecino intentó propasarse con ella. “Me encuentro pensando mucho, mucho, en el pasado, como en los buenos tiempos”, relata a Primera Hora.
Agobiante espera

Xiomara ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Cuando regresó a Puerto Rico en el 2004, inició sus gestiones con Vivienda Pública poco tiempo después.
Hace un mes le dijeron que tenía un apartamento en el residencial La Montaña, pero no se lo dieron porque una persona estaba en una situación peor. Insistió con el Alcalde y con la AVP. Le dieron esperanza. Pero “pasa el tiempo y no me entregan nada”.

Se enteró hace poco más de una semana de que no le aprobaron un segundo apartamento porque no iba a pagar alquiler. “Dos veces me hacen lo mismo”, lamentó.
Tenía Sección 8 en Estados Unidos, pero su regreso a la Isla fue tan rápido que no hizo el traslado del programa a Puerto Rico. Cuando solicitó Plan 8 en la Isla, estaba trabajando como recolectora de café. Lleva tres temporadas. Pero no la aceptaron porque los pocos ingresos de la recolecta “exceden la cantidad de ingresos para cualificar”, le contestaron, alegó.

También podría estar en peligro de perder a sus hijas, según una carta de la Administración de Familia y Niños (Adfan). “Solicitamos (...) se le ofrezca la prioridad que merece tomando como evidencia la situación actual que presenta su familia y más aún que pone en riesgo de perder a sus niñas”, dice una carta de Adfan Jayuya, firmada por Jeannette Montalvo.
Xiomara tiene estudios de secretarial médico con facturación, lo que le permitió trabajar por un año en una óptica. También laboró por un mes y medio con una licencia provisional de agente de seguro. Ha repartido resumés sin éxito. “Las oportunidades son bien pocas aquí”, argumenta la joven con planes de estudiar enfermería. Sobrevive con los $410 del PAN y $100 de la pensión de su hija menor; el padre de las otras dos nunca ha cumplido con su responsabilidad. Tiene carro saldo, pero sin marbete.

Mientras tanto, Xiomara pasa la mayoría de las noches en la caseta que alumbra con velas y en la que guarda algunas de sus pertenencias.
Sigue esperando, pero no se rinde por “sus hijas, si no fuera por ellas...”.

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