Veteranos deambulan en nuestras calles
lunes, 23 de mayo de 2011
Bárbara J. Figueroa Rosa / Primera Hora
La mayoría son hombres divorciados, en edad mediana adulta y lucen en su ropa algo alusivo a la milicia. Sus niveles de subsistencia en la calle son superiores a los de sus pares pero, lamentablemente, el 80% confronta problemas relacionados con el consumo de drogas o al alcohol. Podrían recibir algún ingreso, pero hacen mal uso del dinero o son explotados por algún familiar o conocido quien, de paso, posiblemente los rechaza.
Éste es el perfil del veterano deambulante en Puerto Rico, donde se estima que hay unos 2,000 ex militares sin techo, una triste realidad que se recrudece ante el inminente azote de varios factores que van desde haber participado en las zonas de guerra hasta haber quedado desempleados por la temida Ley 7 de emergencia fiscal.
Así lo aseguró Daniel Aponte Ramos, coordinador del programa Cuidado de Salud para Veteranos sin techo del Sistema de Salud de Veteranos del Caribe, el cual también brinda servicios a veteranos residentes en Islas Vírgenes.
“Varios estudios indican que muchos de los veteranos sin techo en Puerto Rico son personas que vinieron enfermos (del campo de batalla) o cayeron en las drogas y el alcohol. Aquí en Puerto Rico tenemos también el fenómeno de los que quedaron desempleados por la Ley 7”, dijo Aponte Ramos en referencia a los casos de ex militares que trabajaban en alguna agencia gubernamental y fueron cesanteados.
“Tenemos el caso de una veterana mujer que quedó desempleada y en la calle, y vivía dentro de un carro con sus hijos”, destacó al aclarar que, aunque la población en su mayoría está compuesta por hombres, “hay casos de mujeres que logran estremecer”.
De hecho, un caso que recorrió diversos medios internacionales fue la historia de una mujer puertorriqueña -radicada en California-, de nombre Margaret Ortiz, que luego de haber regresado de Irak y con $15 mil en una cuenta bancaria, terminó viviendo entre la basura, sin un centavo y sumergida en un mundo de drogas y alcohol.
Tras tocar fondo y reconocer que necesitaba ayuda, Ortiz accedió a ser rescatada por una organización sin fines de lucro que alberga a mujeres veteranas y hoy día su nombre es mencionado hasta por el presidente Barack Obama, quien tiene como objetivo poner fin al problema de los veteranos sin techo.
“El Presidente tiene como prioridad erradicar el homeless de veteranos en un lapso de cinco años y eso incluye a Puerto Rico”, expresó Aponte Ramos al explicar que el fondo de asignaciones para impulsar el rescate en las calles de los militares es multimillonario y cuenta con el apoyo del Departamento de Asuntos del Veterano y del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano Federal (HUD).
Aponte Ramos explicó que en la Isla el proceso de rescate se lleva a cabo mediante ferias de salud que realizan las diversas coaliciones y a la que llegan personas deambulantes de la población general en busca de comida, aseo y ropa, entre otros servicios.
“Ahí los identificamos, les hablamos del programa y si aceptan (porque el programa es voluntario), comenzamos con el protocolo ese mismo día”, dijo el experto, al agregar que en los últimos cinco años se han logrado rescatar de las cunetas a 403 veteranos.
El proceso de rehabilitación del veterano y retorno a una vida independiente en sociedad incluye varias fases, entre ellas tratamiento psicológico, medicina interna y la oportunidad de que pueda ser albergado en un hogar transicional.
“Luego, ellos pasan a otros hogares en los que la estadía puede ser de hasta 24 meses. Ahí reciben terapias de grupo, se les desarrolla liderato y se les ofrece otras ayudas para que puedan conseguir una vivienda cuyos gastos se cubren con unos vouchers que da HUD y que cubren hasta $600 para alquiler”, manifestó.
Finalmente, una vez la persona se encuentra estable y continúa recibiendo los servicios del programa, se hacen los trámites para que pueda emplearse.
“Son historias maravillosas porque de la cuneta en que dormían les damos un acomodo en una vida mucho más digna”, agregó.
El Archivo Vertical Digital busca mantener un acervo de noticias en formato electrónico para el uso de los Estudiantes de la Universidad del Este Centro de Yauco y la comunidad general. Podrás encontrar las noticias por fecha o por los temas que le hemos asignado. Aún mantenemos el Archivo Impreso en la Biblioteca, pero no se duplican las noticias. Esperamos que puedas hacer buen uso de esta herramienta. En cada noticia se brinda el enlace a la página del periódico o fuente de la noticia.
Mostrando entradas con la etiqueta Deambulantes. Mostrar todas las entradas
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lunes, 23 de mayo de 2011
Pedía en las luces y dormía en la calle
Pedía en las luces y dormía en la calle
Tocó fondo Carlos Vélez Alameda deambuló, robó y pidió dinero en las luces para mantener su adicción a las drogas, sin embargo, salió del abismo y ahora mismo es un ser que contribuye a la sociedad trabajando. (Primera Hora / Gerald López-Cepero)
lunes, 23 de mayo de 2011
Bárbara J. Figueroa Rosa / Primera Hora
Carlos Vélez Alameda tenía 18 años cuando ingresó al servicio militar. Transcurría el 1973 y para él pertenecer a las Fuerzas Armadas era una aventura única que no podía dejar pasar. Aunque no participó en ningún conflicto bélico, jura que la experiencia le sirvió para ver el mundo. Pero también fue el canal en el que dio su primer traspié en las drogas, un camino en el que anduvo por más de 30 años y que lo lanzó a la calle con una terrible sensación de vacío e impotencia.
“Estar en las Fuerzas Armadas era lo máximo para mí. Viajé bastante y le serví a mi patria como todo buen ciudadano. Pero por desgracia durante el tiempo que estuve en el servicio conocí las drogas”, expresó el hombre que en aquel entonces experimentó con la marihuana.
En su retorno a la Isla, este sanjuanero consiguió trabajo como obrero de la construcción y decidió darle una nueva faceta a su vida a través del matrimonio y la experiencia de ser padre de dos criaturas. Sin embargo, seguía utilizando drogas. Lo hacía ocasionalmente y le añadió el uso de “ácido”, por aquello de continuar lo que parecía una aventura temporal.
Carlos creía tener control de su vida, pues todo parecía ir bien hasta que se percató de que en el mundo de las drogas “uno se va graduando y convirtiendo en un esclavo”.
“Llega el momento en que utilizarla no se convierte en placer, sino en tu modo de vivir”, explica.
Fue entonces cuando llegó lo que llama “las ataduras”, esa agonía de estar batallando a diario con esa sensación dolorosa y de ansiedad que le provocaba no tener una dosis de cocaína o heroína, las drogas que se habían convertido en su nuevo vicio.
“Lo que entraba a mi cuerpo era un demonio bien grande, se apoderaba de mí, me controlaba y dejaba de ser yo... Después que uno se juquea, ya es casi una cosa de vida o muerte”, relata quien estuvo en ese vaivén hasta el 2002, cuando, tras haber perdido a su esposa e hijos, se lanzó a la calle a vagabundear.
“Cuando uno está en esta situación, uno deja prácticamente de ser un ser humano y se convierte en una máquina en busca de droga y no le importa hacerle daño a sus hijos, su esposa o su madre por tal de curarse”, agregó quien vivió por seis años en diversos sectores del área metropolitana.
“Dormía debajo de los puentes, en los bancos, los matorrales, en las quebradas... donde me cogiera la noche”, expresó quien siempre tuvo su tag militar colgado al cuello.
Carlos, de 55 años, dice que durante esos años en la calle se acostaba y levantaba pensando en cómo conseguir la droga. Fue entonces que recordó el que describe como el peor de sus días.
“El día más horrible de mi vida fue cuando tuve que pedir dinero en las luces. Ahí se fue mi dignidad de ser humano, toqué fondo y dije: ‘Hasta dónde he llegado’”, manifiesta.
Pero eso no fue lo peor. “También robé. Lo hice varias veces. Me metía a las tiendas a robar cosas. Y eso es algo que yo, como persona sobria, sería incapaz de hacer. Jamás agarraría cosas que no son mías. Pero cuando uno está en la droga, uno deja de ser uno... la mente controla a uno”, dice.
¿Cuándo saliste de la calle?
Eso fue parapelos. Fue un Viernes Santo. Recuerdo que me acosté con un pote de pastillas al lado pensando en suicidarme y da la casualidad que estaba escuchando un programa radial en la que la locutora se enfermó al aire... aun así terminó el programa. Entonces yo dije: ‘Caramba, esta señora está enferma y terminó su show, ¿y tú te estás dando por vencido en esta vida? ¿Por qué no tratas una vez más?’”
Y así fue. Primero fue a una iglesia, la primera que se encontró, y le dijo a Dios “a calzón quitao”: “No creo en ti, no tengo fe, así que necesito que hagas un milagro o me des una señal para saber que eres verdadero y entender qué tengo que hacer con mi vida”.
Decidido, llegó al programa de rehabilitación que ofrece el programa Cuidado a la salud para Veteranos sin Hogar en el Hospital de Veteranos.
Allí rompió vicio y conoció las herramientas que debía utilizar para bregar con diversas situaciones que lo hacían vulnerable a las recaídas.
“Hice caso a lo que me decía el psiquiatra, fui a terapias de grupo en un hogar que se llama Hacienda de Veteranos (Caguas) y empecé a trabajar con esos monstruos que me dominaban y me descubrí”, dijo a quien le tomó dos años y medio retomar su vida.
Hoy, Carlos es un hombre totalmente rehabilitado y retornó al mundo laboral a través del programa Compensated Work Therapy (CWT), el cual le permite trabajar como escolta en el área de enfermería del hospital que lo acogió en el 2008, cuando decidió darse una segunda oportunidad.
¿Tienes otras expectativas?
Estoy consciente de que le hice daño a mis hijos... pero quiero recuperarlos. Pero si algo aprendí en este momento es que las cosas ocurren una a la vez y tengo que prepararme mentalmente antes de ir a buscarlos (a Estados Unidos) porque no sé cómo van a reaccionar.
Tocó fondo Carlos Vélez Alameda deambuló, robó y pidió dinero en las luces para mantener su adicción a las drogas, sin embargo, salió del abismo y ahora mismo es un ser que contribuye a la sociedad trabajando. (Primera Hora / Gerald López-Cepero)
lunes, 23 de mayo de 2011
Bárbara J. Figueroa Rosa / Primera Hora
Carlos Vélez Alameda tenía 18 años cuando ingresó al servicio militar. Transcurría el 1973 y para él pertenecer a las Fuerzas Armadas era una aventura única que no podía dejar pasar. Aunque no participó en ningún conflicto bélico, jura que la experiencia le sirvió para ver el mundo. Pero también fue el canal en el que dio su primer traspié en las drogas, un camino en el que anduvo por más de 30 años y que lo lanzó a la calle con una terrible sensación de vacío e impotencia.
“Estar en las Fuerzas Armadas era lo máximo para mí. Viajé bastante y le serví a mi patria como todo buen ciudadano. Pero por desgracia durante el tiempo que estuve en el servicio conocí las drogas”, expresó el hombre que en aquel entonces experimentó con la marihuana.
En su retorno a la Isla, este sanjuanero consiguió trabajo como obrero de la construcción y decidió darle una nueva faceta a su vida a través del matrimonio y la experiencia de ser padre de dos criaturas. Sin embargo, seguía utilizando drogas. Lo hacía ocasionalmente y le añadió el uso de “ácido”, por aquello de continuar lo que parecía una aventura temporal.
Carlos creía tener control de su vida, pues todo parecía ir bien hasta que se percató de que en el mundo de las drogas “uno se va graduando y convirtiendo en un esclavo”.
“Llega el momento en que utilizarla no se convierte en placer, sino en tu modo de vivir”, explica.
Fue entonces cuando llegó lo que llama “las ataduras”, esa agonía de estar batallando a diario con esa sensación dolorosa y de ansiedad que le provocaba no tener una dosis de cocaína o heroína, las drogas que se habían convertido en su nuevo vicio.
“Lo que entraba a mi cuerpo era un demonio bien grande, se apoderaba de mí, me controlaba y dejaba de ser yo... Después que uno se juquea, ya es casi una cosa de vida o muerte”, relata quien estuvo en ese vaivén hasta el 2002, cuando, tras haber perdido a su esposa e hijos, se lanzó a la calle a vagabundear.
“Cuando uno está en esta situación, uno deja prácticamente de ser un ser humano y se convierte en una máquina en busca de droga y no le importa hacerle daño a sus hijos, su esposa o su madre por tal de curarse”, agregó quien vivió por seis años en diversos sectores del área metropolitana.
“Dormía debajo de los puentes, en los bancos, los matorrales, en las quebradas... donde me cogiera la noche”, expresó quien siempre tuvo su tag militar colgado al cuello.
Carlos, de 55 años, dice que durante esos años en la calle se acostaba y levantaba pensando en cómo conseguir la droga. Fue entonces que recordó el que describe como el peor de sus días.
“El día más horrible de mi vida fue cuando tuve que pedir dinero en las luces. Ahí se fue mi dignidad de ser humano, toqué fondo y dije: ‘Hasta dónde he llegado’”, manifiesta.
Pero eso no fue lo peor. “También robé. Lo hice varias veces. Me metía a las tiendas a robar cosas. Y eso es algo que yo, como persona sobria, sería incapaz de hacer. Jamás agarraría cosas que no son mías. Pero cuando uno está en la droga, uno deja de ser uno... la mente controla a uno”, dice.
¿Cuándo saliste de la calle?
Eso fue parapelos. Fue un Viernes Santo. Recuerdo que me acosté con un pote de pastillas al lado pensando en suicidarme y da la casualidad que estaba escuchando un programa radial en la que la locutora se enfermó al aire... aun así terminó el programa. Entonces yo dije: ‘Caramba, esta señora está enferma y terminó su show, ¿y tú te estás dando por vencido en esta vida? ¿Por qué no tratas una vez más?’”
Y así fue. Primero fue a una iglesia, la primera que se encontró, y le dijo a Dios “a calzón quitao”: “No creo en ti, no tengo fe, así que necesito que hagas un milagro o me des una señal para saber que eres verdadero y entender qué tengo que hacer con mi vida”.
Decidido, llegó al programa de rehabilitación que ofrece el programa Cuidado a la salud para Veteranos sin Hogar en el Hospital de Veteranos.
Allí rompió vicio y conoció las herramientas que debía utilizar para bregar con diversas situaciones que lo hacían vulnerable a las recaídas.
“Hice caso a lo que me decía el psiquiatra, fui a terapias de grupo en un hogar que se llama Hacienda de Veteranos (Caguas) y empecé a trabajar con esos monstruos que me dominaban y me descubrí”, dijo a quien le tomó dos años y medio retomar su vida.
Hoy, Carlos es un hombre totalmente rehabilitado y retornó al mundo laboral a través del programa Compensated Work Therapy (CWT), el cual le permite trabajar como escolta en el área de enfermería del hospital que lo acogió en el 2008, cuando decidió darse una segunda oportunidad.
¿Tienes otras expectativas?
Estoy consciente de que le hice daño a mis hijos... pero quiero recuperarlos. Pero si algo aprendí en este momento es que las cosas ocurren una a la vez y tengo que prepararme mentalmente antes de ir a buscarlos (a Estados Unidos) porque no sé cómo van a reaccionar.
viernes, 25 de junio de 2010
Tira y jala por los deambulantes en San Juan
25 Junio 2010
Tira y jala por los deambulantes en San Juan
Alcalde asegura que los envían de la Gran Manzana
Santini asegura que el 70% de los deambulantes en San Juan son de otros pueblos.Por Keila López Alicea / keila.lopez@elnuevodia.com
Tras asegurar que el Municipio de San Juan se ha convertido en una especie de depósito de deambulantes para la ciudad de Nueva York, el alcalde Jorge Santini aseguró ayer que trabajará para que otras jurisdicciones desistan de la práctica de enviar a las personas sin hogar a la Ciudad Capital.
“Para no echarle los caballos (al alcalde de Nueva York, Michael) Bloomberg nada más, aquí hay municipios de los dos partidos que hacen lo mismo (...) Porque nosotros hemos sido bastante abiertos en los programas que tenemos y eso no debería ser, pero yo me voy a dedicar únicamente a ver si eso pasó para tratar de que no pase”, indicó Santini.
Días atrás, en una conferencia de prensa en la Plaza del Mercado de Río Piedras, Santini había asegurado que el Viejo San Juan tenía “cero deambulantes” -ayer lo negó- y que hasta allí habían llegado ocho personas sin hogar provenientes de Nueva York que participaron del programa “Reconéctate”, mediante el cual el gobierno neoyorquino le paga los pasajes para que regresen a sus ciudades de origen.
“Si llego a corroborar que Bloomberg los envió a Puerto Rico, les pago el pasaje y se los devuelvo”, dijo Santini en ese momento.
El Alcalde señaló ayer que se enteró de la situación porque los deambulantes le dieron la información en “entrevistas formales” a empleados del Municipio.
El programa neoyorquino ha estado vigente desde el 2007 y funcionarios de la ciudad aseguran que sólo se envían personas si hay una familia que los reciba.
Por su parte, entidades que brindan servicio a esta población en la Ciudad Amurallada, como la Iglesia San Francisco de Asís y el Proyecto Integración Comunitaria, confirmaron que en las últimas semanas llegó a la zona un grupo de ocho deambulantes anglosajones. Pero los voluntarios entrevistados por este diario aseguraron que no pueden afirmar que estos sean estadounidenses y mucho menos que sean procedentes de la ciudad de Nueva York.
“Investigar eso, créame que tanto a mí como a otros que trabajamos con deambulantes se nos hace difícil. Ellos no son de hablar mucho con otras personas, no son muy abiertos, y nosotros creamos esa confianza tratando de ayudarlos, y después de mucho tiempo”, indicó el director de Integración Comunitaria, Emmanuel Meléndez.
Meléndez sostuvo que en el Viejo San Juan puede haber cerca de 50 deambulantes y no todos son boricuas.
“Existen personas que son trotamundos, otros adictos a algún tipo de drogas, otros alcohólicos y otros que deambulan sólo porque se han acostumbrado a ese estilo de vida”, señaló Meléndez.
El reportero Eugenio Hopgood colaboró en esta historia.
Tira y jala por los deambulantes en San Juan
Alcalde asegura que los envían de la Gran Manzana
Santini asegura que el 70% de los deambulantes en San Juan son de otros pueblos.Por Keila López Alicea / keila.lopez@elnuevodia.com
Tras asegurar que el Municipio de San Juan se ha convertido en una especie de depósito de deambulantes para la ciudad de Nueva York, el alcalde Jorge Santini aseguró ayer que trabajará para que otras jurisdicciones desistan de la práctica de enviar a las personas sin hogar a la Ciudad Capital.
“Para no echarle los caballos (al alcalde de Nueva York, Michael) Bloomberg nada más, aquí hay municipios de los dos partidos que hacen lo mismo (...) Porque nosotros hemos sido bastante abiertos en los programas que tenemos y eso no debería ser, pero yo me voy a dedicar únicamente a ver si eso pasó para tratar de que no pase”, indicó Santini.
Días atrás, en una conferencia de prensa en la Plaza del Mercado de Río Piedras, Santini había asegurado que el Viejo San Juan tenía “cero deambulantes” -ayer lo negó- y que hasta allí habían llegado ocho personas sin hogar provenientes de Nueva York que participaron del programa “Reconéctate”, mediante el cual el gobierno neoyorquino le paga los pasajes para que regresen a sus ciudades de origen.
“Si llego a corroborar que Bloomberg los envió a Puerto Rico, les pago el pasaje y se los devuelvo”, dijo Santini en ese momento.
El Alcalde señaló ayer que se enteró de la situación porque los deambulantes le dieron la información en “entrevistas formales” a empleados del Municipio.
El programa neoyorquino ha estado vigente desde el 2007 y funcionarios de la ciudad aseguran que sólo se envían personas si hay una familia que los reciba.
Por su parte, entidades que brindan servicio a esta población en la Ciudad Amurallada, como la Iglesia San Francisco de Asís y el Proyecto Integración Comunitaria, confirmaron que en las últimas semanas llegó a la zona un grupo de ocho deambulantes anglosajones. Pero los voluntarios entrevistados por este diario aseguraron que no pueden afirmar que estos sean estadounidenses y mucho menos que sean procedentes de la ciudad de Nueva York.
“Investigar eso, créame que tanto a mí como a otros que trabajamos con deambulantes se nos hace difícil. Ellos no son de hablar mucho con otras personas, no son muy abiertos, y nosotros creamos esa confianza tratando de ayudarlos, y después de mucho tiempo”, indicó el director de Integración Comunitaria, Emmanuel Meléndez.
Meléndez sostuvo que en el Viejo San Juan puede haber cerca de 50 deambulantes y no todos son boricuas.
“Existen personas que son trotamundos, otros adictos a algún tipo de drogas, otros alcohólicos y otros que deambulan sólo porque se han acostumbrado a ese estilo de vida”, señaló Meléndez.
El reportero Eugenio Hopgood colaboró en esta historia.
miércoles, 9 de junio de 2010
El golpe tras golpe de la calle
9 de junio de 2010
Arys L. Rodríguez Andino / Primera Hora
Aunque ambos, sin duda, merecen la atención gubernamental y la sensibilidad de la sociedad, no es lo mismo un hombre que deambula que una mujer sin techo.Las mujeres que viven en la calle están expuestas a más ataques que los varones y la agresión sexual, muchas veces en modalidades muy severas, es una de ellas.Bajo el lema Mis días sin techo: la violencia sexual en las mujeres sin hogar, la Coordinadora Paz para la Mujer organizó un foro para explorar las necesidades de las mujeres sin hogar sobrevivientes de violencia doméstica.
Prácticamente invisible en las estadísticas, esta población ha ido en aumento por la crisis económica que vive el país, por lo que tiene que haber un plan para mitigar las agresiones de las que pueden ser víctimas.El coordinador del programa Kamaria, Juan Carlos Espinosa, señaló ayer en la 6ta Conferencia Anual sobre la agresión sexual que las mujeres que viven en la calle a veces ni siquiera identifican lo que es violencia porque es “modo de vida”.
Arys L. Rodríguez Andino / Primera Hora
Aunque ambos, sin duda, merecen la atención gubernamental y la sensibilidad de la sociedad, no es lo mismo un hombre que deambula que una mujer sin techo.Las mujeres que viven en la calle están expuestas a más ataques que los varones y la agresión sexual, muchas veces en modalidades muy severas, es una de ellas.Bajo el lema Mis días sin techo: la violencia sexual en las mujeres sin hogar, la Coordinadora Paz para la Mujer organizó un foro para explorar las necesidades de las mujeres sin hogar sobrevivientes de violencia doméstica.
Prácticamente invisible en las estadísticas, esta población ha ido en aumento por la crisis económica que vive el país, por lo que tiene que haber un plan para mitigar las agresiones de las que pueden ser víctimas.El coordinador del programa Kamaria, Juan Carlos Espinosa, señaló ayer en la 6ta Conferencia Anual sobre la agresión sexual que las mujeres que viven en la calle a veces ni siquiera identifican lo que es violencia porque es “modo de vida”.
martes, 1 de diciembre de 2009
A cobrar por personas sin hogar
martes, 1 de diciembre de 2009
Francisco Rodríguez-Burns
Primera Hora
Un proyecto de ley de la senadora Lornna Soto pretende cobrarles a los familiares de los desamparados los servicios que éstos reciben de las agencias estatales y, en algunas circunstancias, aplicar el pago de intereses.
Aunque la pieza legislativa podría parecer descabellada, incluso altamente discriminatoria contra la población de personas sin techo, la misma es considerada por la Comisión senatorial de Bienestar Social ante la posibilidad de que su aprobación fomente la unión familiar entre el deambulante y su familia inmediata.
Ayer, durante una vista pública, se opusieron a la medida la Fondita de Jesús, una de las principales organizaciones sin fines de lucro que atienden a los desamparados de la zona metropolitana, y la Oficina del Procurador del Ciudadano.
Uno de los representantes legales de la Fondita, Francisco de Jesús, cuestionó la constitucionalidad del proyecto al considerar que la medida discriminaba contra la población de deambulantes por su condición social, ya que en una infinidad de otros servicios que recibe la población no se intenta cobrar al familiar del recipiente.
“Mediante la aprobación de este proyecto, nuestro gobierno pretende convertir unos derechos que han sido reconocidos como fundamentales en una especie de préstamos con intereses”, indicó el abogado.
Por otra parte, la presidenta de la oficina del Procurador del Ciudadano, Luz Santiago González, sustentó su oposición al proyecto en la “responsabilidad indelegable” del Estado de atender a la población de personas sin hogar.
“Ello no implica que deje de apoyar a las instituciones privadas y cívicas que aportan grandemente a corregir la problemática de las personas sin techo, pero tampoco debe el Estado trasladar el costo de cumplir su responsabilidad social y constitucional a los familiares de ésta”, indicó la funcionaria a través de una ponencia escrita.
A pesar del largo trecho que se requiere recorrer para la aprobación de la medida, la presidenta de la comisión senatorial Lornna Soto subrayó que su comisión continuará profundizando sobre el “valor” de la pieza.
“No todo puede salir del Gobierno ni de las organizaciones comunitarias. Estamos aquí para considerar todos los aspectos”, dijo la senadora estadista.
Pero para algunos en la minoría popular, el proyecto figura entre una serie de medidas que pretenden cumplir con la política del gobernador Luis Fortuño de “gobierno pequeño” sin tomar en consideración las repercusiones que este sistema podría tener en los servicios públicos.
“No es el primero de esta naturaleza. Es lamentable”, indicó el senador Cirilo Tirado.
Francisco Rodríguez-Burns
Primera Hora
Un proyecto de ley de la senadora Lornna Soto pretende cobrarles a los familiares de los desamparados los servicios que éstos reciben de las agencias estatales y, en algunas circunstancias, aplicar el pago de intereses.
Aunque la pieza legislativa podría parecer descabellada, incluso altamente discriminatoria contra la población de personas sin techo, la misma es considerada por la Comisión senatorial de Bienestar Social ante la posibilidad de que su aprobación fomente la unión familiar entre el deambulante y su familia inmediata.
Ayer, durante una vista pública, se opusieron a la medida la Fondita de Jesús, una de las principales organizaciones sin fines de lucro que atienden a los desamparados de la zona metropolitana, y la Oficina del Procurador del Ciudadano.
Uno de los representantes legales de la Fondita, Francisco de Jesús, cuestionó la constitucionalidad del proyecto al considerar que la medida discriminaba contra la población de deambulantes por su condición social, ya que en una infinidad de otros servicios que recibe la población no se intenta cobrar al familiar del recipiente.
“Mediante la aprobación de este proyecto, nuestro gobierno pretende convertir unos derechos que han sido reconocidos como fundamentales en una especie de préstamos con intereses”, indicó el abogado.
Por otra parte, la presidenta de la oficina del Procurador del Ciudadano, Luz Santiago González, sustentó su oposición al proyecto en la “responsabilidad indelegable” del Estado de atender a la población de personas sin hogar.
“Ello no implica que deje de apoyar a las instituciones privadas y cívicas que aportan grandemente a corregir la problemática de las personas sin techo, pero tampoco debe el Estado trasladar el costo de cumplir su responsabilidad social y constitucional a los familiares de ésta”, indicó la funcionaria a través de una ponencia escrita.
A pesar del largo trecho que se requiere recorrer para la aprobación de la medida, la presidenta de la comisión senatorial Lornna Soto subrayó que su comisión continuará profundizando sobre el “valor” de la pieza.
“No todo puede salir del Gobierno ni de las organizaciones comunitarias. Estamos aquí para considerar todos los aspectos”, dijo la senadora estadista.
Pero para algunos en la minoría popular, el proyecto figura entre una serie de medidas que pretenden cumplir con la política del gobernador Luis Fortuño de “gobierno pequeño” sin tomar en consideración las repercusiones que este sistema podría tener en los servicios públicos.
“No es el primero de esta naturaleza. Es lamentable”, indicó el senador Cirilo Tirado.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Vive en caseta de acampar
lunes, 14 de septiembre de 2009
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora
Jayuya. Xiomara Quiles Oyola ha tenido que aprender a sonreír en medio de la adversidad. No pierde la oportunidad para convertir en un chiste la desgracia que está viviendo.
“Al mal tiempo, buena cara”, dice el refrán. Ése es el rostro de Xiomara.
¿Su mal tiempo? Está desempleada desde hace poco más de un año. Tampoco tiene una vivienda propia. Le ha costado aceptar que es una persona sin hogar.
Eres deambulante...
Sí... No lo he querido a veces aceptar, pero soy una deambulante...
¿Su buena cara? La máscara que se coloca para luchar contra la depresión, por eso no deja de maquillarse; así como la que usa cada vez que se encuentra con sus pequeñas de cuatro, nueve y diez años de edad.
Ese espíritu de luchadora la llevó a pensar en la caseta azul y gris de acampar que consiguió prestada como techo temporero en lo que sigue esperando por ser ubicada en un residencial público. Ha esperado unos cuatro años. “¡Gracias a Dios que no me cobran alquiler (por la caseta)!”, dice entre risas la joven de 29 años de edad.
Está allí desde hace poco más de dos meses. El río es su compañía fiel.
La caseta de campaña
Xiomara ya había visitado por diversión ese cuerpo de agua que queda cerca del parque de recreo del barrio Saliente en Jayuya, donde vive su abuela, su único pariente conocido y de confianza en la Isla.
Con ella vivió cuando llegó a la Isla en el 2004 y después de que no pudo seguir pagando la renta de la casa que ocupó por casi dos años mientras esperaba la ayuda de la Administración de Vivienda Pública (AVP) y de Plan 8.
“Como es en el mismo barrio que están mis hijas (con la abuela), dije: 'Me quedo aquí para poder ver a mis hijas”, comenta la madre soltera, que no regresa con su pariente por una fuerte discusión.
“Yo creo que escogí un buen sitio porque ahí está el río, están los baños y las duchas (del parque)”, añade mientras ríe.
Esas sonrisas, reveló, esconden la vergüenza que siente por la situación que atraviesa, la depresión que combate con ejercicios, la escritura y el esparcimiento, las noches que se ha acostado con hambre -aunque el apetito se le ha quitado, tiene el estómago chiquito, dice-, los nervios y, sobre todo, la incertidumbre de no saber qué pasará con su hogar.
Ya tuvo una mala experiencia. Un vecino intentó propasarse con ella. “Me encuentro pensando mucho, mucho, en el pasado, como en los buenos tiempos”, relata a Primera Hora.
Agobiante espera
Xiomara ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Cuando regresó a Puerto Rico en el 2004, inició sus gestiones con Vivienda Pública poco tiempo después.
Hace un mes le dijeron que tenía un apartamento en el residencial La Montaña, pero no se lo dieron porque una persona estaba en una situación peor. Insistió con el Alcalde y con la AVP. Le dieron esperanza. Pero “pasa el tiempo y no me entregan nada”.
Se enteró hace poco más de una semana de que no le aprobaron un segundo apartamento porque no iba a pagar alquiler. “Dos veces me hacen lo mismo”, lamentó.
Tenía Sección 8 en Estados Unidos, pero su regreso a la Isla fue tan rápido que no hizo el traslado del programa a Puerto Rico. Cuando solicitó Plan 8 en la Isla, estaba trabajando como recolectora de café. Lleva tres temporadas. Pero no la aceptaron porque los pocos ingresos de la recolecta “exceden la cantidad de ingresos para cualificar”, le contestaron, alegó.
También podría estar en peligro de perder a sus hijas, según una carta de la Administración de Familia y Niños (Adfan). “Solicitamos (...) se le ofrezca la prioridad que merece tomando como evidencia la situación actual que presenta su familia y más aún que pone en riesgo de perder a sus niñas”, dice una carta de Adfan Jayuya, firmada por Jeannette Montalvo.
Xiomara tiene estudios de secretarial médico con facturación, lo que le permitió trabajar por un año en una óptica. También laboró por un mes y medio con una licencia provisional de agente de seguro. Ha repartido resumés sin éxito. “Las oportunidades son bien pocas aquí”, argumenta la joven con planes de estudiar enfermería. Sobrevive con los $410 del PAN y $100 de la pensión de su hija menor; el padre de las otras dos nunca ha cumplido con su responsabilidad. Tiene carro saldo, pero sin marbete.
Mientras tanto, Xiomara pasa la mayoría de las noches en la caseta que alumbra con velas y en la que guarda algunas de sus pertenencias.
Sigue esperando, pero no se rinde por “sus hijas, si no fuera por ellas...”.
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora
Jayuya. Xiomara Quiles Oyola ha tenido que aprender a sonreír en medio de la adversidad. No pierde la oportunidad para convertir en un chiste la desgracia que está viviendo.
“Al mal tiempo, buena cara”, dice el refrán. Ése es el rostro de Xiomara.
¿Su mal tiempo? Está desempleada desde hace poco más de un año. Tampoco tiene una vivienda propia. Le ha costado aceptar que es una persona sin hogar.
Eres deambulante...
Sí... No lo he querido a veces aceptar, pero soy una deambulante...
¿Su buena cara? La máscara que se coloca para luchar contra la depresión, por eso no deja de maquillarse; así como la que usa cada vez que se encuentra con sus pequeñas de cuatro, nueve y diez años de edad.
Ese espíritu de luchadora la llevó a pensar en la caseta azul y gris de acampar que consiguió prestada como techo temporero en lo que sigue esperando por ser ubicada en un residencial público. Ha esperado unos cuatro años. “¡Gracias a Dios que no me cobran alquiler (por la caseta)!”, dice entre risas la joven de 29 años de edad.
Está allí desde hace poco más de dos meses. El río es su compañía fiel.
La caseta de campaña
Xiomara ya había visitado por diversión ese cuerpo de agua que queda cerca del parque de recreo del barrio Saliente en Jayuya, donde vive su abuela, su único pariente conocido y de confianza en la Isla.
Con ella vivió cuando llegó a la Isla en el 2004 y después de que no pudo seguir pagando la renta de la casa que ocupó por casi dos años mientras esperaba la ayuda de la Administración de Vivienda Pública (AVP) y de Plan 8.
“Como es en el mismo barrio que están mis hijas (con la abuela), dije: 'Me quedo aquí para poder ver a mis hijas”, comenta la madre soltera, que no regresa con su pariente por una fuerte discusión.
“Yo creo que escogí un buen sitio porque ahí está el río, están los baños y las duchas (del parque)”, añade mientras ríe.
Esas sonrisas, reveló, esconden la vergüenza que siente por la situación que atraviesa, la depresión que combate con ejercicios, la escritura y el esparcimiento, las noches que se ha acostado con hambre -aunque el apetito se le ha quitado, tiene el estómago chiquito, dice-, los nervios y, sobre todo, la incertidumbre de no saber qué pasará con su hogar.
Ya tuvo una mala experiencia. Un vecino intentó propasarse con ella. “Me encuentro pensando mucho, mucho, en el pasado, como en los buenos tiempos”, relata a Primera Hora.
Agobiante espera
Xiomara ha vivido la mayor parte de su vida en Estados Unidos. Cuando regresó a Puerto Rico en el 2004, inició sus gestiones con Vivienda Pública poco tiempo después.
Hace un mes le dijeron que tenía un apartamento en el residencial La Montaña, pero no se lo dieron porque una persona estaba en una situación peor. Insistió con el Alcalde y con la AVP. Le dieron esperanza. Pero “pasa el tiempo y no me entregan nada”.
Se enteró hace poco más de una semana de que no le aprobaron un segundo apartamento porque no iba a pagar alquiler. “Dos veces me hacen lo mismo”, lamentó.
Tenía Sección 8 en Estados Unidos, pero su regreso a la Isla fue tan rápido que no hizo el traslado del programa a Puerto Rico. Cuando solicitó Plan 8 en la Isla, estaba trabajando como recolectora de café. Lleva tres temporadas. Pero no la aceptaron porque los pocos ingresos de la recolecta “exceden la cantidad de ingresos para cualificar”, le contestaron, alegó.
También podría estar en peligro de perder a sus hijas, según una carta de la Administración de Familia y Niños (Adfan). “Solicitamos (...) se le ofrezca la prioridad que merece tomando como evidencia la situación actual que presenta su familia y más aún que pone en riesgo de perder a sus niñas”, dice una carta de Adfan Jayuya, firmada por Jeannette Montalvo.
Xiomara tiene estudios de secretarial médico con facturación, lo que le permitió trabajar por un año en una óptica. También laboró por un mes y medio con una licencia provisional de agente de seguro. Ha repartido resumés sin éxito. “Las oportunidades son bien pocas aquí”, argumenta la joven con planes de estudiar enfermería. Sobrevive con los $410 del PAN y $100 de la pensión de su hija menor; el padre de las otras dos nunca ha cumplido con su responsabilidad. Tiene carro saldo, pero sin marbete.
Mientras tanto, Xiomara pasa la mayoría de las noches en la caseta que alumbra con velas y en la que guarda algunas de sus pertenencias.
Sigue esperando, pero no se rinde por “sus hijas, si no fuera por ellas...”.
viernes, 7 de agosto de 2009
Esfuerzos a favor de los deambulantes
viernes, 7 de agosto de 2009
Darisabel Texidor Guadalupe
Primera Hora
Ponce. Algunos los marginan, insultan y desprecian sin imaginar que tal vez un día el destino les depare una vida similar. En la Ciudad Señorial, unas 400 personas viven en las calles, duermen debajo de los puentes y los cartones son sus camas.
Por tal razón y en un esfuerzo de aportar a estas personas, el Municipio de Ponce se unió a la Coalición Pro Personas Sin Hogar del Sur (Codesur), para ofrecerles ayudas, evitar que continúen en la calle y lograr que dejen las drogas.
La actividad Reencuentro con la vida, que se realizó en la cancha de la comunidad Betances, contó con la participación entidades que brindaron servicios de salud, orientación y consejería, entrega de artículos personales y referidos para tratamiento de metadona en la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca).
“Tenemos un compromiso genuino en ofrecer una mejor calidad de vida a estos ciudadanos desamparados”, expresó la alcaldesa ponceña María “Mayita” Meléndez.
Asimismo, destacó que los Códigos de Orden Público requieren que se enmiende la penalidad de pedir dinero, para que no se castigue al que pide para comer. “No podemos concebir que nuestros hermanos vivan en esas condiciones”, sostuvo Meléndez.
Por otro lado, Juan Panelli, representante de Codesur, mencionó que una de las necesidades principales de los deambulantes es tener una vivienda segura o un hogar de rehabilitación donde puedan ser tratados humanamente.
“Tenemos la esperanza de que cada vez que nos acerquemos a estos lugares, sean más y más los deambulantes y adictos que acudan a solicitar ayuda”, señaló el dentista.
Explicó que esta población necesita que se realicen actividades con más frecuencia, pues muchos mueren esperando que la ayuda llegue, ya que todos los días son de emergencia para ellos porque viven cerca de zonas altamente peligrosas.
“Mientras ellos duermen sobre un cartón en la tierra, nosotros dormimos cobijados con aire acondicionado”, destacó.
Héctor Santiago Castellano, quien ha pasado 36 de sus 51 años en las drogas, le reclamó ayuda a la Alcaldesa diciéndole que luchó para tener una vivienda y al lograrlo se le hace difícil pagar los servicios básicos porque no puede conseguir un empleo.
“Yo no quiero estar por ahí robando, sólo pido un trabajito, aunque sea despegando chicle en el piso de la plaza”, dijo el hombre que se fue a vivir debajo del puente por no poder pagar la factura de $200. Además, dijo que pide ayuda para dejar “la porquería” que son las drogas.
Darisabel Texidor Guadalupe
Primera Hora
Ponce. Algunos los marginan, insultan y desprecian sin imaginar que tal vez un día el destino les depare una vida similar. En la Ciudad Señorial, unas 400 personas viven en las calles, duermen debajo de los puentes y los cartones son sus camas.
Por tal razón y en un esfuerzo de aportar a estas personas, el Municipio de Ponce se unió a la Coalición Pro Personas Sin Hogar del Sur (Codesur), para ofrecerles ayudas, evitar que continúen en la calle y lograr que dejen las drogas.
La actividad Reencuentro con la vida, que se realizó en la cancha de la comunidad Betances, contó con la participación entidades que brindaron servicios de salud, orientación y consejería, entrega de artículos personales y referidos para tratamiento de metadona en la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca).
“Tenemos un compromiso genuino en ofrecer una mejor calidad de vida a estos ciudadanos desamparados”, expresó la alcaldesa ponceña María “Mayita” Meléndez.
Asimismo, destacó que los Códigos de Orden Público requieren que se enmiende la penalidad de pedir dinero, para que no se castigue al que pide para comer. “No podemos concebir que nuestros hermanos vivan en esas condiciones”, sostuvo Meléndez.
Por otro lado, Juan Panelli, representante de Codesur, mencionó que una de las necesidades principales de los deambulantes es tener una vivienda segura o un hogar de rehabilitación donde puedan ser tratados humanamente.
“Tenemos la esperanza de que cada vez que nos acerquemos a estos lugares, sean más y más los deambulantes y adictos que acudan a solicitar ayuda”, señaló el dentista.
Explicó que esta población necesita que se realicen actividades con más frecuencia, pues muchos mueren esperando que la ayuda llegue, ya que todos los días son de emergencia para ellos porque viven cerca de zonas altamente peligrosas.
“Mientras ellos duermen sobre un cartón en la tierra, nosotros dormimos cobijados con aire acondicionado”, destacó.
Héctor Santiago Castellano, quien ha pasado 36 de sus 51 años en las drogas, le reclamó ayuda a la Alcaldesa diciéndole que luchó para tener una vivienda y al lograrlo se le hace difícil pagar los servicios básicos porque no puede conseguir un empleo.
“Yo no quiero estar por ahí robando, sólo pido un trabajito, aunque sea despegando chicle en el piso de la plaza”, dijo el hombre que se fue a vivir debajo del puente por no poder pagar la factura de $200. Además, dijo que pide ayuda para dejar “la porquería” que son las drogas.
martes, 4 de agosto de 2009
Prisionero de la costumbre
martes, 4 de agosto de 2009
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora
El hombre deambula hace 20 años, tras un divorcio y recibir atención psiquiátrica 6
Ese carro está ahí desde hace tiempo. Es un Pontiac Bonneville del 1992.
Se asienta sobre una enorme alfombra de hierba que extiende su territorio para vestir el terreno ocupado por los árboles de la orilla de la carretera.
Ése es el asfalto por el que diariamente transitan conductores que toman la salida de la concurrida avenida Piñero hacia el expreso Luis A. Ferré. Pero aquel vehículo es el único que no se mueve, desde hace dos años.
Ése es el auto de José Ramón Santos Navarrete. Él vive allí. Tiene 62 años de edad.
Un enorme árbol los cobija con su sombra y brisa, aunque su protección se vuelve prescindible durante las noches de lluvia. Dice que se asfixia. Tiene que hacerlo si quiere proteger las pertenencias que guarda en el interior del vehículo.
“Todo lo que yo tengo -asegura- es esto”.
Llegó allí por una falta de combustible. “Una tarde, hace dos años, me quedé sin gasolina... Dije: ‘Me voy a quedar con el carro aquí por esa noche’... y al otro día, como vi que dormí bien chévere, dije: ‘Contra, qué chévere...”.
Su vida de nómada, sin embargo, inició hace dos décadas.
Acostumbrado a la calle
Hoy José Ramón confiesa que se adaptó a vivir sin techo seguro. “Me acostumbré... me acostumbré... a estar en la calle”, revela a Primera Hora.
Todo comenzó, según su relato, cuando se divorció de su esposa. Vivía en Parque Ecuestre en Carolina. Se quedó con la casa pero, posteriormente, José Ramón fue recluido en un hospital psiquiátrico. Era paciente de salud mental, indica.
Vendió la casa. Desde entonces, la vida nómada ha sido su rutina: hoteles, moteles, playas, casas familiares, albergues y el merendero de la cafetería donde trabajó hasta hace dos años.
Sus ingresos provienen del cheque del seguro social. Solía trabajar como chofer de camiones y empleos en almacenes.
¿Cómo es un día en su vida?
“Casi siempre despierto antes de las 5:00 de la mañana. Tengo un radio con batería. Oigo las primeras planas de los diarios. Luego voy a desayunar en (el supermercado) Pueblo o en Plaza (Las Américas). Voy al teatro. Si no sirven las películas, me voy a caminar pa’l pueblo de Bayamón, de Carolina, cualquier otro lugar, a caminar, sentarme, esperar un rato”.
¿Esperar qué?
“Nada. Esperando que pasen las horas”.
¿Le gusta vivir así?
“No. A mí lo más que me gusta es el trabajo”.
¿Por qué no trabaja?
“No le dan la oportunidad a uno... Donde uno pueda seguir pa’ lante, oportunidad de vivienda”.
José Ramón regresa al carro como al mediodía. A esa hora tiene la visita de unos trabajadores que acostumbran almorzar debajo de la sombra del árbol. “Ellos imaginaban que yo era como loco, pero al ver que comentábamos... Ya saben que no tengo nada de loco”, dice.
Al continuar la tarde, las noticias siguen siendo su compañía. También pasa las horas con el juego de cartas solitaria.
Tiene familia, pero está peleado con ella. La relación con su ex esposa e hijos no parece ser la mejor, contó.
Todos saben que vive así, admite.
¿Cómo es la vida en la calle?
“Es dura. Es fuerte”.
¿Lo más difícil?
“Todo. El amanecer, el comer... Lo más inquieto es el baño, el sanitario”.
Él llena un envase de gasolina con el agua que recoge de la llave de un lugar, cuyo nombre se reservó porque me “cierran el grifo y después es malo conseguir”.
Se baña como a las 7:00 de la mañana. “En una esquinita”. Uno de sus inodoros es el de un centro comercial cercano.
¿Ha estado en peligro?
“Claro. Una vez me sacaron un arma de fuego para asaltarme... Pero ya me conocen”.Al principio lloró, a pesar de que “soy hombre”, dice. “Cuando salí a deambular, a caminar, la primera ocasión, yo hasta lloré. Me eché pa' atrás por el sueño y la borrachera que tenía. Cuando desperté con la luz del sol, me vi así y hasta lloré. ¡Imagínese!”, añade.
¿Ahora llora?
“Ahora no. Ahora, ahora estoy bien acostumbrao... Ya no”.
Actualmente José Ramón realiza “un esfuerzo” para identificar una vivienda que le permita encender su vehículo para que deje de ser el coche de la carretera.
Al final de nuestra conversación me pregunté si cualquiera podría ser un José Ramón Santos Navarrete.
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora
El hombre deambula hace 20 años, tras un divorcio y recibir atención psiquiátrica 6
Ese carro está ahí desde hace tiempo. Es un Pontiac Bonneville del 1992.
Se asienta sobre una enorme alfombra de hierba que extiende su territorio para vestir el terreno ocupado por los árboles de la orilla de la carretera.
Ése es el asfalto por el que diariamente transitan conductores que toman la salida de la concurrida avenida Piñero hacia el expreso Luis A. Ferré. Pero aquel vehículo es el único que no se mueve, desde hace dos años.
Ése es el auto de José Ramón Santos Navarrete. Él vive allí. Tiene 62 años de edad.
Un enorme árbol los cobija con su sombra y brisa, aunque su protección se vuelve prescindible durante las noches de lluvia. Dice que se asfixia. Tiene que hacerlo si quiere proteger las pertenencias que guarda en el interior del vehículo.
“Todo lo que yo tengo -asegura- es esto”.
Llegó allí por una falta de combustible. “Una tarde, hace dos años, me quedé sin gasolina... Dije: ‘Me voy a quedar con el carro aquí por esa noche’... y al otro día, como vi que dormí bien chévere, dije: ‘Contra, qué chévere...”.
Su vida de nómada, sin embargo, inició hace dos décadas.
Acostumbrado a la calle
Hoy José Ramón confiesa que se adaptó a vivir sin techo seguro. “Me acostumbré... me acostumbré... a estar en la calle”, revela a Primera Hora.
Todo comenzó, según su relato, cuando se divorció de su esposa. Vivía en Parque Ecuestre en Carolina. Se quedó con la casa pero, posteriormente, José Ramón fue recluido en un hospital psiquiátrico. Era paciente de salud mental, indica.
Vendió la casa. Desde entonces, la vida nómada ha sido su rutina: hoteles, moteles, playas, casas familiares, albergues y el merendero de la cafetería donde trabajó hasta hace dos años.
Sus ingresos provienen del cheque del seguro social. Solía trabajar como chofer de camiones y empleos en almacenes.
¿Cómo es un día en su vida?
“Casi siempre despierto antes de las 5:00 de la mañana. Tengo un radio con batería. Oigo las primeras planas de los diarios. Luego voy a desayunar en (el supermercado) Pueblo o en Plaza (Las Américas). Voy al teatro. Si no sirven las películas, me voy a caminar pa’l pueblo de Bayamón, de Carolina, cualquier otro lugar, a caminar, sentarme, esperar un rato”.
¿Esperar qué?
“Nada. Esperando que pasen las horas”.
¿Le gusta vivir así?
“No. A mí lo más que me gusta es el trabajo”.
¿Por qué no trabaja?
“No le dan la oportunidad a uno... Donde uno pueda seguir pa’ lante, oportunidad de vivienda”.
José Ramón regresa al carro como al mediodía. A esa hora tiene la visita de unos trabajadores que acostumbran almorzar debajo de la sombra del árbol. “Ellos imaginaban que yo era como loco, pero al ver que comentábamos... Ya saben que no tengo nada de loco”, dice.
Al continuar la tarde, las noticias siguen siendo su compañía. También pasa las horas con el juego de cartas solitaria.
Tiene familia, pero está peleado con ella. La relación con su ex esposa e hijos no parece ser la mejor, contó.
Todos saben que vive así, admite.
¿Cómo es la vida en la calle?
“Es dura. Es fuerte”.
¿Lo más difícil?
“Todo. El amanecer, el comer... Lo más inquieto es el baño, el sanitario”.
Él llena un envase de gasolina con el agua que recoge de la llave de un lugar, cuyo nombre se reservó porque me “cierran el grifo y después es malo conseguir”.
Se baña como a las 7:00 de la mañana. “En una esquinita”. Uno de sus inodoros es el de un centro comercial cercano.
¿Ha estado en peligro?
“Claro. Una vez me sacaron un arma de fuego para asaltarme... Pero ya me conocen”.Al principio lloró, a pesar de que “soy hombre”, dice. “Cuando salí a deambular, a caminar, la primera ocasión, yo hasta lloré. Me eché pa' atrás por el sueño y la borrachera que tenía. Cuando desperté con la luz del sol, me vi así y hasta lloré. ¡Imagínese!”, añade.
¿Ahora llora?
“Ahora no. Ahora, ahora estoy bien acostumbrao... Ya no”.
Actualmente José Ramón realiza “un esfuerzo” para identificar una vivienda que le permita encender su vehículo para que deje de ser el coche de la carretera.
Al final de nuestra conversación me pregunté si cualquiera podría ser un José Ramón Santos Navarrete.
jueves, 30 de julio de 2009
Nueva York Paga pasajes de ida
Por Agencia EFE
Nueva York - El Ayuntamiento de Nueva York compra billetes de avión de un sólo trayecto a las familias sin techo que decidan marcharse de la ciudad como parte de un programa para reducir los costes de sus albergues para las personas que han perdido sus hogares.
El alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, puso en marcha ese programa ya que albergar a un familia sin techo en un centro municipal le cuesta a sus arcas $36,000 al año, informó hoy el diario New York Times.
Según fuentes citadas por el diario, hasta ahora han habido familias que han decidido abandonar Nueva York con destino a otros 24 estados del país, principalmente Florida, Georgia, Carolina del Norte y Carolina del Sur.
También hay otras familias que han volado a Francia, Sudáfrica y, sobre todo, a Puerto Rico.
Muchas de las personas que se han acogido a esa iniciativa eran residentes de Nueva York que por dificultades económicas perdieron su trabajo y se vieron obligados a recurrir a los albergues, mientras que otros, dice el diario, vuelven a sus lugares de origen por otros problemas relacionados con la dificultad del mercado laboral o el alto coste de la vida de la ciudad.
Las personas que deciden regresar a sus lugares de origen entran en contacto con trabajadores sociales que, una vez que han comprobado su situación, les entregan sus billetes de un solo trayecto de tren, autobús o avión para marcharse de Nueva York.
"Las familias pueden estar en los aviones, trenes o autobuses en cuestión de horas, aunque algunas veces las autoridades esperan algunos días para evitar las tarifas más elevadas", agrega el diario.
Nueva York gasta en ese programa $500,000 al año y utiliza una agencia de viajes local para los traslados dentro de Estados Unidos, mientras que es el departamento municipal de servicios a las personas sin hogar el que se encarga de comprar los billetes internacionales.
"Queremos ayudar a tantas familias como necesiten asistencia", dijo al diario la directora de ese servicio, Vida Chavez-Downes, que indicó que el ayuntamiento de Nueva York "ha pagado también visados y pasaportes, ido a consulados o escrito cartas" para esas personas.
Ese servicio también les ha proporcionado, en algunas ocasiones, un préstamo para que paguen los primeros meses de alquiler o muebles para que se instalen en su nuevo destino, y hecho llamadas telefónicas para comprobar que han llegado bien a sus nuevos destinos.
Ninguna de las familias que se han acogido a ese programa volvieron a los albergues neoyorquinos, dijeron a ese diario fuentes municipales.
Nueva York - El Ayuntamiento de Nueva York compra billetes de avión de un sólo trayecto a las familias sin techo que decidan marcharse de la ciudad como parte de un programa para reducir los costes de sus albergues para las personas que han perdido sus hogares.
El alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, puso en marcha ese programa ya que albergar a un familia sin techo en un centro municipal le cuesta a sus arcas $36,000 al año, informó hoy el diario New York Times.
Según fuentes citadas por el diario, hasta ahora han habido familias que han decidido abandonar Nueva York con destino a otros 24 estados del país, principalmente Florida, Georgia, Carolina del Norte y Carolina del Sur.
También hay otras familias que han volado a Francia, Sudáfrica y, sobre todo, a Puerto Rico.
Muchas de las personas que se han acogido a esa iniciativa eran residentes de Nueva York que por dificultades económicas perdieron su trabajo y se vieron obligados a recurrir a los albergues, mientras que otros, dice el diario, vuelven a sus lugares de origen por otros problemas relacionados con la dificultad del mercado laboral o el alto coste de la vida de la ciudad.
Las personas que deciden regresar a sus lugares de origen entran en contacto con trabajadores sociales que, una vez que han comprobado su situación, les entregan sus billetes de un solo trayecto de tren, autobús o avión para marcharse de Nueva York.
"Las familias pueden estar en los aviones, trenes o autobuses en cuestión de horas, aunque algunas veces las autoridades esperan algunos días para evitar las tarifas más elevadas", agrega el diario.
Nueva York gasta en ese programa $500,000 al año y utiliza una agencia de viajes local para los traslados dentro de Estados Unidos, mientras que es el departamento municipal de servicios a las personas sin hogar el que se encarga de comprar los billetes internacionales.
"Queremos ayudar a tantas familias como necesiten asistencia", dijo al diario la directora de ese servicio, Vida Chavez-Downes, que indicó que el ayuntamiento de Nueva York "ha pagado también visados y pasaportes, ido a consulados o escrito cartas" para esas personas.
Ese servicio también les ha proporcionado, en algunas ocasiones, un préstamo para que paguen los primeros meses de alquiler o muebles para que se instalen en su nuevo destino, y hecho llamadas telefónicas para comprobar que han llegado bien a sus nuevos destinos.
Ninguna de las familias que se han acogido a ese programa volvieron a los albergues neoyorquinos, dijeron a ese diario fuentes municipales.
martes, 26 de mayo de 2009
Curadora de llagas
martes, 26 de mayo de 2009
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora
Él sólo pasó por allí para saludar a la doctora Arcadys Rodas González.
Ese día no quería limpiarse la úlcera. Ella, sin embargo, lo convenció con palabras fuertes de que traspasara el umbral que lleva a su consultorio y le dejara examinarlo.
“¿Hace cuánto no te limpias la úlcera?”, le preguntó luego de llamarlo con autoridad por su nombre y apellido.
“Cinco días”, le contestó.
Lo invitó a sentarse, le levantó la pierna derecha y la colocó sobre una banqueta, le retiró suavemente el mahón.
Una gran úlcera había conquistado su extremidad: desde la parte baja de su rodilla hasta arriba del pie.
La escena era desgarradora.
Se colocó los guantes y comenzó a quitarle los viejos vendajes. Se quedaron solos. Ése es el momento que tienen, dice la especialista, para “encontrarnos”.
Sus “pacientes” le hablan de problemas, de sus vidas y frustraciones y, algunos, de sus deseos de rehabilitarse.
La limpieza de la úlcera tiene que ser diaria para curar, al menos esas llagas, las que son visibles al ojo humano.
En una semana, sin embargo, puede que sólo se limpien dos veces.
Las úlceras crónicas podrían tenerlas durante meses. Si no están infectadas no les dolerán.
“Es un mundo difícil... Recibes gente con úlceras que no curan... Cuando indagas, descubres que se están inyectando en la misma úlcera porque ése es el único sitio que les queda”, manifestó Rodas González.
El proceso de limpieza es sencillo. Se lava el área con agua y jabón, se seca, y se cubre con triple antibiótico. Se coloca una gasa y se venda para evitar que moscas depositen huevos que se tornan en gusanos.
Para los afectados el proceso es cuesta arriba. No tienen dinero ni vivienda. Se vendan con lo que encuentran, un trapo.
Eso era lo que tenía el hombre que la llevó a curar de forma voluntaria las llagas de los participantes de la organización sin fines de lucro Las Duchas del Padre Venard, en La Perla del Viejo San Juan. El pedazo de tela que tenía aquel individuo cubría una úlcera que exponía huesos y tendones.
“Esa escena me pareció tan indigna para el ser humano”, recordó la doctora sobre el día que se acercó a Las Duchas a llevar comida. Ya lleva tres años y medio.
Al llegar es difícil identificarla, porque no lleva bata blanca de médico, título que ostenta hace 23 años. “Soy una voluntaria más”, advierte.
Los primeros meses, los deambulantes no querían ser atendidos por la mujer de acento venezolano. Pero, se decía a sí misma: ‘cuando tú tienes voluntad, te quedas’.
La doctora ya ha visto a algunos rehabilitados que ha tardado en reconocer porque la mayoría de los que vienen “están tan desgastados, han perdido tanto peso y el mundo de la adicción te va acabando... después al verlos, están distintos”.
Para ella, el camino de la rehabilitación es difícil, pero no imposible.
Al verlos en mal estado, asegura, no los juzga, porque eso “no me corresponde. Por alguna circunstancia cayeron en el mundo de la adicción y les toca deambular”.
Para ella, la deambulación es un problema complejo que requiere el trabajo orquestado de las agencias pertinentes.
Cuenta que algunos de los participantes son atendidos en otros sitios, como el dispensario Hoare en Santurce, donde reciben antibióticos, sin embargo, llegan a La Perla a curarse.
Esa limpieza debe significar mucho para los deambulantes. Arcadys, sin embargo, siente que “hago muy poco”.
¿Por qué? Porque cada vez son más.
Libni Sanjurjo Meléndez
Primera Hora
Él sólo pasó por allí para saludar a la doctora Arcadys Rodas González.
Ese día no quería limpiarse la úlcera. Ella, sin embargo, lo convenció con palabras fuertes de que traspasara el umbral que lleva a su consultorio y le dejara examinarlo.
“¿Hace cuánto no te limpias la úlcera?”, le preguntó luego de llamarlo con autoridad por su nombre y apellido.
“Cinco días”, le contestó.
Lo invitó a sentarse, le levantó la pierna derecha y la colocó sobre una banqueta, le retiró suavemente el mahón.
Una gran úlcera había conquistado su extremidad: desde la parte baja de su rodilla hasta arriba del pie.
La escena era desgarradora.
Se colocó los guantes y comenzó a quitarle los viejos vendajes. Se quedaron solos. Ése es el momento que tienen, dice la especialista, para “encontrarnos”.
Sus “pacientes” le hablan de problemas, de sus vidas y frustraciones y, algunos, de sus deseos de rehabilitarse.
La limpieza de la úlcera tiene que ser diaria para curar, al menos esas llagas, las que son visibles al ojo humano.
En una semana, sin embargo, puede que sólo se limpien dos veces.
Las úlceras crónicas podrían tenerlas durante meses. Si no están infectadas no les dolerán.
“Es un mundo difícil... Recibes gente con úlceras que no curan... Cuando indagas, descubres que se están inyectando en la misma úlcera porque ése es el único sitio que les queda”, manifestó Rodas González.
El proceso de limpieza es sencillo. Se lava el área con agua y jabón, se seca, y se cubre con triple antibiótico. Se coloca una gasa y se venda para evitar que moscas depositen huevos que se tornan en gusanos.
Para los afectados el proceso es cuesta arriba. No tienen dinero ni vivienda. Se vendan con lo que encuentran, un trapo.
Eso era lo que tenía el hombre que la llevó a curar de forma voluntaria las llagas de los participantes de la organización sin fines de lucro Las Duchas del Padre Venard, en La Perla del Viejo San Juan. El pedazo de tela que tenía aquel individuo cubría una úlcera que exponía huesos y tendones.
“Esa escena me pareció tan indigna para el ser humano”, recordó la doctora sobre el día que se acercó a Las Duchas a llevar comida. Ya lleva tres años y medio.
Al llegar es difícil identificarla, porque no lleva bata blanca de médico, título que ostenta hace 23 años. “Soy una voluntaria más”, advierte.
Los primeros meses, los deambulantes no querían ser atendidos por la mujer de acento venezolano. Pero, se decía a sí misma: ‘cuando tú tienes voluntad, te quedas’.
La doctora ya ha visto a algunos rehabilitados que ha tardado en reconocer porque la mayoría de los que vienen “están tan desgastados, han perdido tanto peso y el mundo de la adicción te va acabando... después al verlos, están distintos”.
Para ella, el camino de la rehabilitación es difícil, pero no imposible.
Al verlos en mal estado, asegura, no los juzga, porque eso “no me corresponde. Por alguna circunstancia cayeron en el mundo de la adicción y les toca deambular”.
Para ella, la deambulación es un problema complejo que requiere el trabajo orquestado de las agencias pertinentes.
Cuenta que algunos de los participantes son atendidos en otros sitios, como el dispensario Hoare en Santurce, donde reciben antibióticos, sin embargo, llegan a La Perla a curarse.
Esa limpieza debe significar mucho para los deambulantes. Arcadys, sin embargo, siente que “hago muy poco”.
¿Por qué? Porque cada vez son más.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Hogar para deambulantes
miércoles, 13 de mayo de 2009
Irene Garzón Fernández
Primera Hora
Deambulantes tienen derecho a no ser maltratados.
Ante el creciente número de deambulantes o personas sin hogar, surgió una propuesta legislativa mediante la cual se ordena a los alcaldes proveerles un “hogar permanente y adecuado” en sus respectivas jurisdicciones.
La figura principal con poder de un pueblo es el alcalde, quien “tiene el deber y responsabilidad de procurar el progreso de su gente”, expresó el representante penepé Waldemar Quiles, quien estuvo al frente de la alcaldía de Utuado por varios años.
El Proyecto de la Cámara 1512, radicado por Quiles “por petición”, de ser aprobado, se convertiría en la Ley Especial de Ayuda Inmediata a las personas sin hogar. El estatuto proveería prevención, mediante un programa de educación en las escuelas para “orientar y concienciar a la juventud y a la comunidad en general de las repercusiones sociales que tiene esa conducta, estilo de vida y/o situación”.
Además, se incluye un proceso de rehabilitación. “Se identificará la población adiestrable y se rehabilitará a nivel holístico y se promoverá el campo laboral”, precisa la medida.
En la exposición de motivos del proyecto se hace referencia a la Carta de Derechos Humanos que estipula que “la dignidad del ser humano es inviolable, el individuo tiene derechos, por los cuales el Estado debe procurar que no sean violentados”.
De hecho, agrega, “hasta los animales son protegidos por el Estado. Si esto es así, entonces, cuánto más debe reconocerse el derecho de un individuo que pernocta en las calles, autos, edificios abandonados y parques, entre otros”.
El legislador advirtió que “el ignorar y no hacer nada por esta población es sinónimo de maltrato”. Además, destacó que gran parte de estas personas son profesionales y, muchos, adiestrables.
El proyecto alude a legislación federal de 1987, que define al deambulante como persona que no tiene hogar “adecuado permanente”. La medida permite proveer fondos para programas de rehabilitación de deambulantes en Estados Unidos, mientras a Puerto Rico se le asigna para atender a la población sin hogar.
La inmensa mayoría de los deambulantes no califica para el PAN, al no tener una vivienda/residencia para recibirlo.
Irene Garzón Fernández
Primera Hora
Deambulantes tienen derecho a no ser maltratados.
Ante el creciente número de deambulantes o personas sin hogar, surgió una propuesta legislativa mediante la cual se ordena a los alcaldes proveerles un “hogar permanente y adecuado” en sus respectivas jurisdicciones.
La figura principal con poder de un pueblo es el alcalde, quien “tiene el deber y responsabilidad de procurar el progreso de su gente”, expresó el representante penepé Waldemar Quiles, quien estuvo al frente de la alcaldía de Utuado por varios años.
El Proyecto de la Cámara 1512, radicado por Quiles “por petición”, de ser aprobado, se convertiría en la Ley Especial de Ayuda Inmediata a las personas sin hogar. El estatuto proveería prevención, mediante un programa de educación en las escuelas para “orientar y concienciar a la juventud y a la comunidad en general de las repercusiones sociales que tiene esa conducta, estilo de vida y/o situación”.
Además, se incluye un proceso de rehabilitación. “Se identificará la población adiestrable y se rehabilitará a nivel holístico y se promoverá el campo laboral”, precisa la medida.
En la exposición de motivos del proyecto se hace referencia a la Carta de Derechos Humanos que estipula que “la dignidad del ser humano es inviolable, el individuo tiene derechos, por los cuales el Estado debe procurar que no sean violentados”.
De hecho, agrega, “hasta los animales son protegidos por el Estado. Si esto es así, entonces, cuánto más debe reconocerse el derecho de un individuo que pernocta en las calles, autos, edificios abandonados y parques, entre otros”.
El legislador advirtió que “el ignorar y no hacer nada por esta población es sinónimo de maltrato”. Además, destacó que gran parte de estas personas son profesionales y, muchos, adiestrables.
El proyecto alude a legislación federal de 1987, que define al deambulante como persona que no tiene hogar “adecuado permanente”. La medida permite proveer fondos para programas de rehabilitación de deambulantes en Estados Unidos, mientras a Puerto Rico se le asigna para atender a la población sin hogar.
La inmensa mayoría de los deambulantes no califica para el PAN, al no tener una vivienda/residencia para recibirlo.
jueves, 10 de julio de 2008
Abren una puerta para los de la calle
jueves, 10 de julio de 2008
Arys L. Rodríguez Andino
Primera Hora
El Estigma que enfrentan los deambulantes y adictos, y la falta de movibilidad, los arrincona cada vez más en un espacio a donde no llegan los servicios.
Por eso, y con la asistencia de varias organizaciones comunitarias y religiosas, ayer el Programa de Alcance Comunitario de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca) inauguró una unidad móvil en el residencial José Celso Barbosa, en Bayamón.
Ahí, decenas de personas fueron a ver -muchos sólo por curiosidad- qué tenía que ofrecerles el proyecto “De vuelta a la vida: Sanación y Hogar”, responsable de coordinar la actividad.
“El servicio es único. Hay un médico especialista en adicción, una enfermera y servicios psicológicos. La idea es atenderlos y darle seguimiento al manejo de casos”, explicó Yesenia Mojica, coordinadora de Alcance Comunitario.
Deambulantes y adictos tuvieron la oportunidad de realizarse exámenes físicos, curaciones y pruebas de VIH, además de almorzar arroz con salchichas, habichuelas, ensalada y hasta pegao confeccionado por las Hermanas de Jesús Mediador, quienes donaron la comida.
Aunque Mojica admitió que en la primera visita no consiguen “conquistar” a muchos participantes para que se integren a los diferentes programas, sí les abre la puerta en las siguientes visitas.
“Quizás no lo logramos a la primera, pero a la segunda o a la tercera, sí”, comentó la coordinadora.
La unidad móvil, con la que esperan visitar comunidades identificadas con un alto nivel de deambulantes, debe operar cuatro veces por semana. “Es para las personas sin hogar, para que tengan fácil acceso a servicios”, dijo Mojica, quien aclaró que no es exclusivamente para este sector de la población.
Limpio con metadona
Mientras Alexander Pagán decía que no se metía droga, y que estaba allí para “acompañar a un amigo”, Ramón Nieves Vázquez llenaba los formularios para hacerse la prueba de VIH, justo al lado de la mesa con ropa del Ejército de Salvación.
De 36 años, Nieves Vázquez exhibe en la piel los tatuajes que se hizo durante sus años de presidiario, dura jornada que empezó a los 12 cuando, según narró, acuchilló a un hombre que le dijo obscenidades a su mamá.
“Fue por un caripelao que mi mamá le llamó la atención porque se quería meter al patio, y le metí dos puñalás”, contó mientras esperaba su turno para la prueba.
En una institución juvenil en Ponce, donde también estaba un primo suyo, el ex adicto empezó a consumir drogas. “Vi a un primo mío usándola, me dio curiosidad y caí en la maldición. Tú sabes que en las instituciones hay más droga que en la misma calle”, aseguró el paciente de metadona.
Durante 13 o 15 años, Nieves Vázquez usó marihuana, cocaína y heroína. Ayer se realizaba, una vez más, la prueba de VIH.
“Vine a hacerme la prueba porque me gusta hacérmela, porque uno nunca sabe cuándo pueda explotar la enfermedad”, dijo mientras se comía una barra de chocolate y caramelo. Y es que, confesó él, “los presos se pinchan con lo mismo”.
Hace tres años Nieves Vázquez, quien logró graduarse de cuarto año tras las rejas, está en tratamiento con metadona y vive con su mamá. Desde entonces, afirmó, no consume drogas.
Para ganarse la vida trabaja en las picas de las fiestas patronales y en la funeraria que tiene uno de sus dos hermanos en Río Piedras donde, presuntamente, ayuda en tareas simples del embalsamamiento de cadáveres.
“Yo ayudo a limpiar el cuerpo cuando viene de Forenses y le pongo los algodones en la nariz y ayudo a coserlo”, detalló el residente de Toa Alta pero natural de Corozal.
Por lo pronto, está claro en que no quiere estar toda la vida con metadona y le va a pedir al médico que lo atiende que le baje la dosis. “A ver si termino de aquí a un año”, finalizó, mientras caminaba hasta la carpa donde servían el almuerzo las religiosas, quienes hablaban maravillas de la sazón de sus cocineras
Arys L. Rodríguez Andino
Primera Hora
El Estigma que enfrentan los deambulantes y adictos, y la falta de movibilidad, los arrincona cada vez más en un espacio a donde no llegan los servicios.
Por eso, y con la asistencia de varias organizaciones comunitarias y religiosas, ayer el Programa de Alcance Comunitario de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca) inauguró una unidad móvil en el residencial José Celso Barbosa, en Bayamón.
Ahí, decenas de personas fueron a ver -muchos sólo por curiosidad- qué tenía que ofrecerles el proyecto “De vuelta a la vida: Sanación y Hogar”, responsable de coordinar la actividad.
“El servicio es único. Hay un médico especialista en adicción, una enfermera y servicios psicológicos. La idea es atenderlos y darle seguimiento al manejo de casos”, explicó Yesenia Mojica, coordinadora de Alcance Comunitario.
Deambulantes y adictos tuvieron la oportunidad de realizarse exámenes físicos, curaciones y pruebas de VIH, además de almorzar arroz con salchichas, habichuelas, ensalada y hasta pegao confeccionado por las Hermanas de Jesús Mediador, quienes donaron la comida.
Aunque Mojica admitió que en la primera visita no consiguen “conquistar” a muchos participantes para que se integren a los diferentes programas, sí les abre la puerta en las siguientes visitas.
“Quizás no lo logramos a la primera, pero a la segunda o a la tercera, sí”, comentó la coordinadora.
La unidad móvil, con la que esperan visitar comunidades identificadas con un alto nivel de deambulantes, debe operar cuatro veces por semana. “Es para las personas sin hogar, para que tengan fácil acceso a servicios”, dijo Mojica, quien aclaró que no es exclusivamente para este sector de la población.
Limpio con metadona
Mientras Alexander Pagán decía que no se metía droga, y que estaba allí para “acompañar a un amigo”, Ramón Nieves Vázquez llenaba los formularios para hacerse la prueba de VIH, justo al lado de la mesa con ropa del Ejército de Salvación.
De 36 años, Nieves Vázquez exhibe en la piel los tatuajes que se hizo durante sus años de presidiario, dura jornada que empezó a los 12 cuando, según narró, acuchilló a un hombre que le dijo obscenidades a su mamá.
“Fue por un caripelao que mi mamá le llamó la atención porque se quería meter al patio, y le metí dos puñalás”, contó mientras esperaba su turno para la prueba.
En una institución juvenil en Ponce, donde también estaba un primo suyo, el ex adicto empezó a consumir drogas. “Vi a un primo mío usándola, me dio curiosidad y caí en la maldición. Tú sabes que en las instituciones hay más droga que en la misma calle”, aseguró el paciente de metadona.
Durante 13 o 15 años, Nieves Vázquez usó marihuana, cocaína y heroína. Ayer se realizaba, una vez más, la prueba de VIH.
“Vine a hacerme la prueba porque me gusta hacérmela, porque uno nunca sabe cuándo pueda explotar la enfermedad”, dijo mientras se comía una barra de chocolate y caramelo. Y es que, confesó él, “los presos se pinchan con lo mismo”.
Hace tres años Nieves Vázquez, quien logró graduarse de cuarto año tras las rejas, está en tratamiento con metadona y vive con su mamá. Desde entonces, afirmó, no consume drogas.
Para ganarse la vida trabaja en las picas de las fiestas patronales y en la funeraria que tiene uno de sus dos hermanos en Río Piedras donde, presuntamente, ayuda en tareas simples del embalsamamiento de cadáveres.
“Yo ayudo a limpiar el cuerpo cuando viene de Forenses y le pongo los algodones en la nariz y ayudo a coserlo”, detalló el residente de Toa Alta pero natural de Corozal.
Por lo pronto, está claro en que no quiere estar toda la vida con metadona y le va a pedir al médico que lo atiende que le baje la dosis. “A ver si termino de aquí a un año”, finalizó, mientras caminaba hasta la carpa donde servían el almuerzo las religiosas, quienes hablaban maravillas de la sazón de sus cocineras
sábado, 12 de abril de 2008
Deambulantes reciben un alivio
Sábado, 12 de Abril de 2008
Francisco Rodríguez-Burns
Primera Hora
Mano amiga.
Deambulan por las calles del Centro Médico de Río Piedras. Detrás de las paredes de concreto y hormigón se almacena el vendaje que podrían colocar sobre una herida, así como los alimentos que cortarían su hambre.
De vez en cuando reciben una dosis de metadona que apacigua su adicción. Algunos asumen la realidad de su existencia con estoicismo mientras pasan las noches en las inmediaciones de los terrenos públicos del Centro Médico.
Como parte de las actividades de la Semana de la Salud Pública, una veintena de desamparados que merodean el complejo hospitalario recibieron ayer alimentos, así como servicios médicos por parte de estudiantes de medicina y odontología del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico, que radica en esos predios.
El evento pretendía fortalecer los lazos entre el estudiantado y la creciente población de deambulantes en la capital.
“A los estudiantes de medicina no se les fomenta formar parte de actividades como ésta. Es importante ir a la comunidad. Esto tiene que empezar ahora”, indicó el estudiante de salud pública Daniel Millán.
Los deambulantes recibieron algunos artículos para su higiene personal de parte de los estudiantes que habían colocado una carpa en el redondel central del Centro Médico, situado en las inmediaciones de la sala de emergencias. Por cerca de dos horas, los estudiantes escucharon de las peripecias de los deambulantes ante la intemperie callejera mientras les entregaban bolsitas que contenían los artículos de higiene.
“A veces nos olvidamos de esta actividad. Ellos tienen que saber que hay servicios que le podemos ofrecer”, indicó la consejera de la Escuela Graduada de Salud Pública Maribel Pagán Delgado.
Mientras eran atendidos por los estudiantes, algunos de los desamparados también alertaron cómo el centro de metadona ha ido acortando su hora de cierre, desde las 6:00 de la tarde hace un año y medio hasta la 1:30 de la tarde en la actualidad. También destacaron cómo muchos de los deambulantes requieren de transportación para llegar al centro de metadona que ubica en el Centro Médico.
“Es la manera que podemos romper el vicio, pero no se nos da transportación”, dijo Richard Ayala, de 21 años de edad.
Una semana de actividades
La Semana de la Salud Pública se inició el lunes con una charla sobre el calentamiento global y las poblaciones vulnerables a nivel mundial.
El martes se presentó una exhibición en los pasillos del Recinto de Ciencias Médicas de obras artísticas de deambulantes, y el miércoles y jueves se llevó a cabo una feria de prevención de salud en el recinto y el Capitolio.
La semana, que se celebra a nivel internacional, culminó ayer con los servicios a los desamparados. “Las personas sin hogar no son víctimas. Pueden convertirse en agentes de cambio si les ofreces las herramientas”, indicó Millán.
Francisco Rodríguez-Burns
Primera Hora
Mano amiga.
Deambulan por las calles del Centro Médico de Río Piedras. Detrás de las paredes de concreto y hormigón se almacena el vendaje que podrían colocar sobre una herida, así como los alimentos que cortarían su hambre.
De vez en cuando reciben una dosis de metadona que apacigua su adicción. Algunos asumen la realidad de su existencia con estoicismo mientras pasan las noches en las inmediaciones de los terrenos públicos del Centro Médico.
Como parte de las actividades de la Semana de la Salud Pública, una veintena de desamparados que merodean el complejo hospitalario recibieron ayer alimentos, así como servicios médicos por parte de estudiantes de medicina y odontología del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico, que radica en esos predios.
El evento pretendía fortalecer los lazos entre el estudiantado y la creciente población de deambulantes en la capital.
“A los estudiantes de medicina no se les fomenta formar parte de actividades como ésta. Es importante ir a la comunidad. Esto tiene que empezar ahora”, indicó el estudiante de salud pública Daniel Millán.
Los deambulantes recibieron algunos artículos para su higiene personal de parte de los estudiantes que habían colocado una carpa en el redondel central del Centro Médico, situado en las inmediaciones de la sala de emergencias. Por cerca de dos horas, los estudiantes escucharon de las peripecias de los deambulantes ante la intemperie callejera mientras les entregaban bolsitas que contenían los artículos de higiene.
“A veces nos olvidamos de esta actividad. Ellos tienen que saber que hay servicios que le podemos ofrecer”, indicó la consejera de la Escuela Graduada de Salud Pública Maribel Pagán Delgado.
Mientras eran atendidos por los estudiantes, algunos de los desamparados también alertaron cómo el centro de metadona ha ido acortando su hora de cierre, desde las 6:00 de la tarde hace un año y medio hasta la 1:30 de la tarde en la actualidad. También destacaron cómo muchos de los deambulantes requieren de transportación para llegar al centro de metadona que ubica en el Centro Médico.
“Es la manera que podemos romper el vicio, pero no se nos da transportación”, dijo Richard Ayala, de 21 años de edad.
Una semana de actividades
La Semana de la Salud Pública se inició el lunes con una charla sobre el calentamiento global y las poblaciones vulnerables a nivel mundial.
El martes se presentó una exhibición en los pasillos del Recinto de Ciencias Médicas de obras artísticas de deambulantes, y el miércoles y jueves se llevó a cabo una feria de prevención de salud en el recinto y el Capitolio.
La semana, que se celebra a nivel internacional, culminó ayer con los servicios a los desamparados. “Las personas sin hogar no son víctimas. Pueden convertirse en agentes de cambio si les ofreces las herramientas”, indicó Millán.
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